Postales orgánicas VIII

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Manuel Hernández Mompó. “Calle hacia el mar” (1984). Serigrafía sobre papel. 65 x 50 cm.

Desde su balcón veía un trozo de mar. Había crecido, estudiado, besado a su primer novio; se había sentido melancólica, feliz, exultante o abandonada con aquel decorado natural de fondo. Llevaba ese color azul impregnado en la mirada y hasta su manera de reír destilaba matices turquesa.
Durante un tiempo dejó de vivir en esa casa hacia el mar. Cuando volvió, se sentía extraña, como si estuviera entrando furtivamente en una vivienda ajena. Salió al balcón con la esperanza de recuperar el color azul de sus días. La línea del horizonte con el cielo, las nubes y el vaivén de las olas continuaban allí. El mar también, pero ya no era el mismo. El azul de sus días había cambiado, aunque el paisaje desde el balcón seguía siendo azul.
Sintió el vacío insoportable del paso del tiempo y de las pérdidas irrecuperables.
Bajó a la calle con una mezcla de turquesa, cobalto y celeste en la mirada. Allá donde miraba, el azul de sus días se extiendía por las aceras, los árboles, las fachadas de las casas, los niños que jugaban en el paseo y hasta por sus recuerdos. Era como la arena de la playa que se pega en todas partes.

Postales orgánicas V

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Wassily Kandinsky. “Varios círculos” (1926). Óleo sobre lienzo. 140,3 x 140,7 cm.
Museo Guggenheim. Nueva York.

Era grande. Mejor dicho, era enorme. Se le podría llamar gigante o colosal sin exagerar en absoluto y, aún así, nada de lo que decía tenía la más mínima repercusión en los demás.
“Será que mis ideas no son originales o están pasadas de moda”, pensaba. “Tal vez mi oratoria no es muy convincente o soy poco expresivo”, dudaba.
Lo cierto es que a pesar de su contundente presencia pasaba totalmente desapercibido. Daba la impresión de que, en algún instante impreciso, se integró involuntariamente en el entorno como una parada de autobús abandonada o un objeto cotidiano que no se utiliza.
Cansado de tanta indiferencia, se marchó. Soltó las amarras que le anclaban a aquel lugar y comprobó, para su sorpresa, que se elevaba sin ningún esfuerzo. Subió y subió hasta estar inmerso en una nada de color azul cobalto oscuro. Por primera vez en su vida no se sentía solo aunque no había nadie a su alrededor. Notó cómo crecía algo bueno, redondo y luminoso en su interior y tuvo la necesidad de cantar. Mientras tarareaba sin pensar, una voz le dijo:
– Cantas bien, ¿sabes?
Se volvió y se topó con alguien muy grande, de hecho era enorme, aunque no tanto como él.
– En serio, ¿te gusta? -preguntó.
– Por supuesto -respondió-. ¿De dónde vienes?
– De un lugar en el que nadie me escuchaba -dijo con cierta amargura.
– Eres una esfera como yo y como todos los de por aquí. Seguramente no eran capaces de oirte -concluyó.

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Postales orgánicas IV

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Joan MIró. “Nocturno”. (1940). Gouache, temple al huevo, óleo y pastel sobre papel.
38 x 46 cm. Colección privada.

Vivir en la oscuridad le obligó a guiarse por la luz mental de sus pensamientos, por el movimiento rítmico de los que trajinaban a su alrededor, por la humedad del ambiente, por el cálido resplandor de alguna estrella errante. ¿El olor? No tenía sistema olfativo alguno. El sentimiento de pertenencia al oscuro microuniverso en el que se desenvolvía era su brújula.
Creció en un estado de superpoblación en el que el desconocimiento del entorno podía terminar con la digestión del vecino comestible más próximo, o en el proceso inverso si la situación no era tan favorable.
Un mundo incierto, sin duda.
Aunque se había acostumbrado a la penumbra eterna, un enorme regocijo le invadía cuando, una vez al año, todo quedaba bañado por una iluminación difusa. El túnel en el que habitaba se tornaba ligeramente translúcido y los movimientos peristálticos que traían el alimento resultaban más armoniosos y relajantes. Hasta la criatura más insignificante sabía lo que ocurría: ¡El verano había llegado al intestino!

Postales orgánicas III

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Henry Moore. “Óvalo con puntos”. Bronce. 332 cm. The Henry Moore Foundation.

¿Existe mayor soledad que la de un punto ovalado?
Ovalado sí.
Un punto redondo nunca está solo. Es estable, funcional, equilibrado, siempre es requerido para dar sentido a lo que se dice, a lo que se escribe. Separa frases, diferencia párrafos e incluso posee la potestad de decir “hasta aquí hemos llegado, se acabó”. También puede asociarse con otros como él para llamar la atención sobre lo que viene a continuación o para dejar las cosas en suspense…
El punto ovalado posee carisma, originalidad, personalidad, es un espíritu crítico, inestable. ¿Quién quiere acercarse a alguien así? Alguien mediocre no, desde luego. Alguien brillante, quizás, si tiene la capacidad de compartir.
El punto ovalado puede salir de su solipsismo si deja sus lamentaciones y actúa, incorporando a su personalidad cualidades del punto redondo y empatiza con él. ¿Qué hubiera ocurrido si aquella célula eucariota primigenia se hubiera dedicado a fagocitar a todas las que la rodeaban en lugar de asumirlas en simbiosis y avanzar hacia nuevos organismos?

Postales orgánicas II

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Wassily Kandinsky. “Azul de cielo”. (1940). Óleo sobre lienzo. 100 x 73 cm. Centro George Pompidou. París.

Cada mañana se acercaba al microscopio con la secreta ilusión de descubrir algo que cuestionara las bases de la biología molecular. Al momento se daba cuenta de que era víctima de un ataque de soberbia y se decía a sí misma “Céntrate en tu trabajo”. Observar las muestras de sangre que llegaban al laboratorio era una labor que exigía responsabilidad, aunque bastante monótona. Ansiaba encontrar algún elemento extraño más allá de un nivel elevado de colesterol, una anemia ferropénica o unos triglicéridos que se habían disparado a golpe de marisco y cordero.

A veces, sin que se diera cuenta, se quedaba mirando al aire, con la imaginación presa en alguna criatura unicelular, transparente, rodeada de múltiples cilios para desplazarse. Al poco, siempre aparecía otra y otra más acompañada de otras tantas creadas para optar al premio a la forma más original y rebuscada. Entonces, consciente ya de su alucinación, aguantaba un minuto más e imaginaba que eran transeúntes en una calle comercial, ansiosos por hallar el mejor regalo y el más barato. Justo en ese momento, notaba que su compañera la cogía por el brazo y le decía “Creo que necesitamos un café”.

Postales orgánicas I

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Jean Arp. “Sombrero-ombligo”. (1924). Madera pintada sobre madera. 58 x 45 cm. Sammlung Daimler Chrysler.

Adoraba los sombreros. Fuera donde fuese siempre protegía su cabeza con uno. “Me sirven para custodiar las ideas brillantes que bullen en mi cerebro”, solía responder cuando le preguntaban. Se había convencido a sí mismo y a los demás de que la opacidad del sombrero evitaba que el fulgor de sus ocurrencias saliera a la luz y quedara al alcance de cualquier oportunista a la caza de algo original que llevarse a la boca. Nunca se percató de los peligros inherentes a la práctica de llevarlo. El ala limita el campo de visión lateral y superior, hecho que aunque puede aportar un hálito de misterio al que lo luce, también obliga a una inclinación del cuello hacia abajo que, en casos extremos, puede acabar en la costumbre de mirarse el propio ombligo…