Postales orgánicas VIII

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Manuel Hernández Mompó. “Calle hacia el mar” (1984). Serigrafía sobre papel. 65 x 50 cm.

Desde su balcón veía un trozo de mar. Había crecido, estudiado, besado a su primer novio; se había sentido melancólica, feliz, exultante o abandonada con aquel decorado natural de fondo. Llevaba ese color azul impregnado en la mirada y hasta su manera de reír destilaba matices turquesa.
Durante un tiempo dejó de vivir en esa casa hacia el mar. Cuando volvió, se sentía extraña, como si estuviera entrando furtivamente en una vivienda ajena. Salió al balcón con la esperanza de recuperar el color azul de sus días. La línea del horizonte con el cielo, las nubes y el vaivén de las olas continuaban allí. El mar también, pero ya no era el mismo. El azul de sus días había cambiado, aunque el paisaje desde el balcón seguía siendo azul.
Sintió el vacío insoportable del paso del tiempo y de las pérdidas irrecuperables.
Bajó a la calle con una mezcla de turquesa, cobalto y celeste en la mirada. Allá donde miraba, el azul de sus días se extiendía por las aceras, los árboles, las fachadas de las casas, los niños que jugaban en el paseo y hasta por sus recuerdos. Era como la arena de la playa que se pega en todas partes.

Postales orgánicas VII

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Robert Delaunay. “Ritmo, la alegría de vivir”. (1930). Óleo sobre lienzo. Musée National d’Art Moderne. París. Donación de Sonia Delaunay y Charles Delaunay, 1964.

La vida está hecha de instantes, no de breves períodos de tiempo.
Aunque el diccionario afirma que un instante es una pequeña porción de tiempo, la experiencia vital refleja que esta definición es escasa e inexacta.
Tardamos un instante en encender la luz, llamar al timbre, cerrar la puerta, ordenar la casa ante la inminente llegada de una visita inesperada e indeseada o marcar un número en el móvil. Acciones instantáneas que apenas dejarán huella en la memoria por su intrascendencia y su carácter automático.
Instante es sinónimo de momento y, aunque su significado es parecido, no son exactamente lo mismo.
¿Qué ocurre cuando el instante se convierte en momento?
Su esencia cambia. Deja de ser un breve lapso de tiempo. Se transforma en un período singular, importante, que marca un antes y un después y en el que, contradictoriamente, el tiempo parece haberse detenido y todo sucede a cámara lenta. Sin embargo, al ser rememorado en el futuro se manifiesta como un destello de escasa duración que sorprende por la plenitud de detalles y de sensaciones que lo componen.
¿Qué explicación tiene esto?
El punto de vista no es el mismo. Ni el sistema de referencia. Más importante aún, el ritmo es diferente. No es igual percibir un aroma, escuchar una música, sentir una mirada o la alegría de un color, que recordar que lo sentimos. El ritmo de las vivencias es la armonía que envuelve y vincula las sensaciones percibidas. El del recuerdo es el compás de un reloj que no fue capaz de detener el tiempo en ese instante.

Postales orgánicas VI

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Paul Klee. “Feuerquelle (Fuente de fuego)”. (1938). Colección privada. Suiza.

No es fácil crecer con la incertidumbre de carecer de identidad propia. Aunque sabía perfectamente lo que era, vivía atormentada porque, cuánto más se identificaba consigo misma, más efímera y menos consistente se sentía. “Siempre seré una etapa de algo que quizás no suceda nunca”, pensaba en silencio.
Le gustaba imaginar que la realidad estaba constituida por procesos, no por objetos, y que todos aquellos que se sentían orgullosos por tener una identidad que los definía, no eran más que una unidad sincronizada de varios procesos complejos.
Animada por estos pensamientos, se quedó mirando al aire y tropezó con la brizna de una flor de diente de león que se elevaba gracias al viento. Envidió su libertad y tomó la firme decisión de viajar por el mundo y dibujar una ruta que pudieran seguir todos los que se sintieran incompletos como ella.
No esperó más, apoyó el carbón en el terreno, decidió la dirección que iba a tomar y, con la luz de su brasa como guía, empezó a moverse dejando un rastro negro tras de sí. Sólo era un ascua, un rescoldo, pero no tenía ninguna intención de convertirse en ceniza.

2016

 nidada

En un entorno cambiante en el que la certeza se deteriora, las creencias firmes y asentadas se relativizan y las bases del conocimiento se convierten en posibilidad, perdiendo el estatus de verdad que habían alcanzado científicamente, resulta muy difícil creer en el futuro.

La fe es una actitud que permite al entendimiento y al espíritu confiar en la viabilidad o realización de algo. Más allá de su envoltorio de carácter religioso, la fe lleva implícita una doble vertiente: la de la confianza y también la de la verdad. No se trata de la pasividad del que “cree ciegamente” que algo ocurrirá a causa de las arcanas fuerzas del destino, sino de la autoconfianza necesaria para la consecución de un proyecto, el mantenimiento de una relación o el aprendizaje de una habilidad.

La fe no mueve montañas sin la actitud necesaria. La fe es empatizar, aprender a comunicarse, hallar las “herramientas” precisas para lograr algo, caerse y levantarse, tener la valentía de abandonar aquello que nos perturba o nos bloquea, saber mirar a las circunstancias de frente y desenmascarar a los manipuladores. Todo ello con la humildad del que sabe encontrar, no con la soberbia del que cree que ya no queda nada por aprender.

Mucha fe para todos en este año que comienza.